Era nuestra primera visita a Cádiz y no nos apetecía alojarnos en cualquier sitio. Tenía que ser un lugar de descanso lo suficientemente acogedor como para no sentirnos extraños cada noche al regresar.. Buscábamos esa cálida sensación de vuelta a casa al final de una jornada y, definitivamente, la elección no pudo ser más acertada. Primero por el edificio en sí: impecablemente restaurado, decorado y mantenido. Situado en el mismo centro histórico de uno de los pueblos con más encanto de toda la provincia.Y segundo por su anfitrión, James: un escocés exquisítamente atento y educado, con un sentido de la discreción tan oportuno que en ningún momento su presencia amenazó con romper la intimidad tan anhelada. Si lo visitáis, no dudéis en seguir sus consejos y sugerencias. Y no olvidéis pedirle por favor que os prepare unas fresas de Conil para el desayuno: deliciosas. Ojalá el destino nos lleve otra vez hasta allí.
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